miércoles, 3 de mayo de 2017

EL SINGULAR MISTERIO DE ANTONIO PORCHIA



Jorge Luis Borges - Septiembre 1978

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LAS MÁXIMAS corren el riesgo de parecer meras ecuaciones verbales: estamos tentados a ver en ellas la obra del azar o de un arte combinatorio. Pero no así en el caso de Novalis, de La Rochefoucauld o de Antonio Porchia. En cada una, la lectura siente la presencia inmediata de un hombre y su destino.

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No nos conocimos personalmente. Oí por primera vez su nombre de labios de Xul Solar, el pintor visionario. Nada me cuesta imaginar que fueron muy amigos: ninguno de los dos podría en el presente desmentirme. Pero lo que puedo asegurar es que a través de sus Voces, Antonio Porchia es hoy mi amigo íntimo, si bien acaso él no lo sabe.
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Nadie ignora que las generaciones han consagrado las sentencias virgilianas y las bíblicas. En un momento de duda, alguien abre el volumen al azar —que en el fondo no es un azar— y recibe el consejo de Virgilio o del espíritu. Así he actuado numerosas veces con el texto de Porchia. Hagámoslo ahora. Encuentro en la página 11:

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Quien no llena su mundo de fantasmas, se queda solo.

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Felizmente —y también para nuestro pesar—, los fantasmas no nos faltan. Creemos ser argentinos, chilenos, franceses, devotos de tal o cual fe, afiliados a tal o cual partido, herederos de una tradición, portadores de un nombre, habitantes de una casa o de un siglo, poseedores de un rostro entre otros. Estos fantasmas son incesantes, pero no es imposible que nos dejen solos, atrozmente solos, en el instante de la muerte.

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Interroguemos otra página, la 46:
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El no saber hacer supo hacer a Dios.
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Encuentro aquí la confirmación de una antigua duda. He tenido siempre la sospecha de que Dios —el todopoderoso Dios de los teólogos— fue la más curiosa invención de la literatura fantástica.
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En la página 110 encontramos:
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Las distancias no hicieron nada. Todo esta aquí.
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Recuerdo una anécdota de Carlyle. Un grupo de emigrantes que parten hacia Australia le hacen una visita. Carlyle les dice: “¿Por qué viajar? Su Australia está aquí y ahora”. Podemos interpretar la sentencia de Porchia de otra manera. Sólo existe el presente: el ayer y el hoy son ilusorios.
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Los aforismos de este volumen van mucho más allá del texto escrito; no son un final sino un comienzo. No buscan producir un efecto. Podemos sospechar que el autor los escribió para sí mismo y no supo que trazaba para los otros la imagen de un hombre solitario, lúcido y consciente del singular misterio de cada instante.
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miércoles, 4 de enero de 2017



http://www.ngv.vic.gov.au/essay/a-powerful-appearance-of-life-cornelis-de-voss-mother-and-child/


"Es bien seguro que pocos católicos tradicionales españoles, italianos o franceses, pongamos por caso, se reconocerían en los textos que Sollers dedicó al papa, al misterio de la Asunción o a la Trinidad. Pocos católicos, entre ellos el Papa mismo, estarían dispuestos a admitir que el catolicismo es el único ateísmo consecuente, o que “on a bien raison de se méfier du catholicisme: il est la négation même de toutes les religions. Si j’arrive un jour à vraiment m’expliquer là-dessus et que ce sois admis par tout le monde, on aura fair un grand pas en avant… L’Immaculée Conception, c’est un effort de négation particulier qui porte du côté de la procréation” (Sollers, 1986 : 224-225)173. Por eso dice French que “Soller’s attitude to religión is not to see it as an affirmation of the sacred, but the site of its most consistent negation, that is, the site of the most consistent negation of the limitis of language and the phenomenal” (Ffrench, 1995: 240)174. Se podría decir cosas semejantes de la relación de Tel Quel con el marxismo, el maoísmo o el psicoanálisis, y a lo largo de esta historia hemos tenido ocasión de comprobarlo. En realidad, en el caso de su interés por el catolicismo se produce una inversión: es en los discursos antireligiosos donde la idolatría se manifiesta de manera más poderosa, es en el discurso religioso del catolicismo y de otras religiones (el judaísmo, por ejemplo) donde esa idolatría cae con mayor fuerza."

a translation of the vaginal speech:

And now we see the collapse of class after class. The middle classes are in despair. Hundreds of thousands of lives are ruined. Every year the situations grows more desperate for tens of thousands. Hundreds of thousands going bankrupt. And now the ranks of the unemployed are beginning to swell. One, two, three million four million...Five million... six million...seven million. Today it may be seven or eight million. How long can this go on? I am convinced that we must act now if we are to act before it's too late. Therefore, I decided on January 30th with the support of my Party,
which began with seven members and is now twelve million strong to save the nation and the Fatherland!


"Cualquiera que esté familiarizado con el mundo académico sabe que alimenta cultos ideológicos resistentes a la crítica y propensos a dogmatizar. Muchas mujeres piensan que esto es lo que ocurre hoy con el feminismo. En su libro Who Stole Feminism?, la filósofa Christina Hoff Sommers hace una útil distinción entre dos escuelas de pensamiento. El feminismo de la igualdad combate la discriminación sexual y otras formas de injusticia con las mujeres. Forma parte de la tradición liberal y humanista clásica que surgió de la Ilustración, guió la primera ola de feminismo y lanzó la segunda. El feminismo de género sostiene que las mujeres siguen estando esclavizadas por un sistema omnipresente de dominación del macho, el sistema de género, en el que «los bebés bisexuales se transforman en las personalidades de género de macho y hembra, una destinada a mandar y la otra, a obedecer». Se opone a la tradición liberal clásica y, en su lugar, se alía con el marxismo, el posmodernismo, el constructivismo social y la ciencia radical. Se ha convertido en el credo de algunos programas de estudios sobre la mujer, organizaciones feministas y portavoces del movimiento de las mujeres.
El feminismo igualitario es una doctrina moral sobre la igualdad de trato, que no apuesta por ningún tema empírico en discusión de la psicología o la biología. El feminismo de género es una doctrina empírica que se compromete con tres afirmaciones sobre la naturaleza humana. La primera es que las diferencias entre hombres y mujeres no tienen nada que ver con la biología, sino que están completamente construidas socialmente. La segunda es que los seres humanos poseen una única motivación social -el poder- y que la vida social sólo se puede entender desde el punto de vista de cómo se ejerce. La tercera es que las interacciones humanas no surgen de las motivaciones de las personas que se tratan entre sí como individuos, sino de las motivaciones de los grupos que tratan con otros grupos, en este caso el sexo masculino que domina al sexo femenino.
Al abrazar estas doctrinas, las defensoras del feminismo de género encadenan el feminismo a unas vías en las que inevitablemente va a ser arrollado por el tren. Como veremos, la neurociencia, la genética, la psicología y la etnografía documentan unas diferencias de sexo que casi con toda seguridad tienen su origen en la biología humana. Y la psicología evolutiva está documentando una red de motivos distintos a los del dominio de un grupo sobre otro grupo (como el amor, el sexo, la familia y la belleza), que nos involucran en muchos conflictos y confluencias de intereses con los miembros del mismo sexo y del otro. Las feministas de género pretenden o descarrilar el tren o conseguir que las otras mujeres se unan a su martirio, pero las otras mujeres no colaboran. Pese a su notoriedad, las feministas de género no representan a todas las feministas, y mucho menos a todas las mujeres (...)
Lo que repele a muchas feministas no es sólo la colisión del feminismo de género con la ciencia. Igual que otras ideologías endogámicas, ha producido unas extrañas excrecencias, como la rama conocida como feminismo de la diferencia. Carol Gilligan se ha convertido en icono del feminismo de género por su afirmación de que hombres y mujeres se guían por principios diferentes en su razonamiento moral: los hombres piensan en los derechos y la justicia; las mujeres tienen sentimientos de compasión, educación y acuerdo pacífico. Si así fuera, las mujeres quedarían descalificadas para ser abogadas del Estado, jueces del Tribunal Supremo y filósofas morales, que se ganan la vida razonando sobre los derechos y la justicia. Pero no es verdad. Muchos estudios han comprobado la hipótesis de Gilligan y han descubierto que hombres y mujeres difieren muy poco o nada en su razonamiento moral. Así pues, el feminismo de la diferencia ofrece a las mujeres lo peor de ambos mundos: unas afirmaciones odiosas sin respaldo científico. Asimismo, el clásico del feminismo de género llamado Women's Ways of Knowing sostiene que los sexos difieren en sus estilos de razonamiento. Los hombres valoran la excelencia y el dominio de los asuntos intelectuales, y evalúan con escepticismo las argumentaciones en términos de lógica y evidencia; las mujeres son espirituales, relacionales, integradoras y crédulas. Con unas hermanas así, ¿quién necesita machos chauvinistas?
La diferencia entre el feminismo de género y el feminismo de igualdad explica la tan comentada paradoja de que muchas mujeres no se consideran feministas (alrededor del 70% en 1997, y sobre un 60% diez años antes), pero están de acuerdo con todas las grandes posturas feministas. La explicación es sencilla: la palabra «feminista» se asocia a menudo con el feminismo de género, pero las posturas que se incluyen en las encuestas son las del feminismo de igualdad. Frente a estos signos de escaso apoyo, las feministas de género han intentado estipular que sólo a ellas se las puede considerar las auténticas defensoras de los derechos de las mujeres. Por ejemplo, en 1992, Gloria Steinem decía de Paglia: «Que se llame feminista es como si un nazi dijera que no es antisemita». Y han inventado un léxico de epítetos para lo que en otro ámbito se llamaría «desacuerdo»: «reacción violenta», «no comprenderlo», «silenciar a las mujeres», «acoso intelectual)»."


Steven Pinker - La tabla rasa - Páginas 545, 546 y 547.

viernes, 25 de noviembre de 2016

San Brendano



http://www.disc.ua.es/~gil/navigatio-sancti-brendani.pdf

martes, 8 de noviembre de 2016

http://www.pasosperdidos.org/libros/pdf-43.pdf


http://www.pasosperdidos.org/catalogo/La%20conjura%20de%20los%20ignorantes.%20De%20c%C3%B3mo%20los%20pedagogos%20han%20destruido%20la%20ense%C3%B1anza.%20.html

miércoles, 19 de octubre de 2016

dos artículos sobre el feminismo hoy



http://elfarodehellin.com/populismo-de-genero-o-soluciones-reales/


https://lavenganzadehipatia.wordpress.com/2016/10/15/lo-posmo-2-los-conos-feroces/

viernes, 16 de septiembre de 2016










PSICOLOGIA › COMENTARIOS AL AFORISMO “NO HAY RELACION SEXUAL”

“La lengua, la muerte y el sexo nombran un imposible”

El despliegue de una célebre, provocativa fórmula de Jacques Lacan –“No hay relación sexual”– lleva al autor de esta nota a señalar la imposibilidad humana de establecer “una relación sustancial, permanente, natural, con la vida”.
Por Jorge Alemán *

Estas notas se proponen captar los diversos alcances de la tesis de Lacan formulada en su Seminario 20: “No hay relación sexual”.
La existencia se vuelve humana cuando se torna parlante, sexuada, mortal. Cuando la lengua captura al ser vivo en sus redes simbólicas, hace posible que surja la existencia que en “cada caso somos” como algo único, irrepetible, singular. Se puede establecer con valor de axioma que la lengua “siempre ya está desde antes” que un hablante la realice. Pero la lengua lo espera, pues necesita del hablante para nutrirse de dicha captura. La lengua “parasita” al ser vivo, le sustrae vida y le añade un “modo de satisfacción” anómalo, irregular, sin adaptación definitiva. El plus de satisfacción de los seres parlantes carece de utilidad, sólo busca realizarse. La hipótesis del inconsciente es un modo de concebir la captura del ser hablante por la lengua, como un acto complejo y de imprevisibles consecuencias, de tal modo que resulta imposible que un sistema lógico-lingüístico pueda establecer su formalización. Desde el momento en que se acepta que hay inconsciente, resulta que la lengua que corresponde a tal hipótesis no puede ser considerada sólo como un sistema de signos lingüísticos. Es un conjunto que se revela incompleto e inconsistente, un mixto de dos tipos de signos que conectan dos ámbitos heterogéneos: el del sentido y el goce. Ambitos que mantienen entre sí una relación de unión y separación a la vez, estableciéndose una topología de frontera. Hay signos que, al conectarse unos con otros y al sustituirse unos a otros, producen efectos de significación: son los significantes. Hay otros signos que constituyen inscripciones en el cuerpo del hablante, carentes de significación. Son “letras”, trazos sin sentido, huellas y marcas que repiten su trazo ilegible, mojones de la pulsión que configuran el zócalo de lo humano, el basamento libidinal, para el cual se reserva el término “goce”. Se observará que en este caso el término goce no expresa una fuerza ni una energía primera anterior al discurso, pues, para que haya goce, el ser vivo debe ser atrapado por la lengua, aunque la misma no pueda luego significarlo. El goce infiltra de tal modo la lengua, que el significante ya no puede concebirse meramente como una unidad lingüística, ni la escritura como una simple transposición de la voz a la presencia material del trazo. La concepción misma de la lengua ha quedado profundamente alterada, atravesada por una exterioridad radical, tras la aceptación indudablemente ética de la hipótesis del inconsciente. ¿Tendrá la existencia el coraje de aceptar su fractura, y sabrá leer, en el inconsciente, el modo singular en que habita la lengua?

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La existencia parlante, sexuada y mortal no se apropia sin más del sexo, la muerte y la lengua. La asunción de estas tres determinaciones no implica una suma, es más bien una fractura que hace surgir una subjetividad tachada, escindida, una herida inaugural incurable que arroja a la existencia fuera de sí. La existencia no puede con el sexo, la lengua, la muerte, estar en ella misma como en su casa. El inconsciente implica que la casa natal y el idioma de los parientes están al fin, en el lugar del Otro.

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La lengua, el sexo, la muerte nombran el mismo exilio, la misma imposibilidad; jamás podrá ser conquistada una identidad plena ni por la reflexión de la conciencia, ni por el dominio del yo, ni por el “autocontrol”, ni por el proceso de emancipación. La existencia siempre construye su casa o refugio desde el temblor de las huellas de lo imposible.

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Esta marca de exilio e imposibilidad propia de la existencia se escribe como un jeroglífico en la carne, es la huella “no histórica” que convoca todas las historias, es la letra muda que invoca todas las palabras, es el “resto” que impide que un hombre sea un hombre en un sentido pleno, que una mujer sea una mujer. El “resto” –la Cosa exterior e imposible– que ataca a las identificaciones absolutas, está en “mí” más que yo mismo.

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Se llama “malestar en la civilización” a los dispositivos históricos que intentan, a través del Discurso del Amo, establecer las representaciones sobre el sexo, la muerte, la lengua, codificar sus trayectos en las distintas épocas, establecer sus sentidos. Los dispositivos se transforman en su estrategia y procedimiento: Sociedad disciplinaria, Sociedad de control, Sociedad del espectáculo, Imperio, Discurso Capitalista. En cualquier caso la Civilización intenta, o bien fijar identidades que pretendan suturar el desgarramiento incurable de la existencia, o, cuando todo esto falla, dejan que el propio mercado se alimente –y alimente a su vez–, a la denominada “cultura marginal”. El vacío exterior-interior, el “resto”, o bien se vuelve causa del deseo infundado, o deviene la escoria que en su excepción apuntala el “Todo” de la Civilización.

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Lengua, sexo, muerte, nombran entonces la misma imposibilidad, la de establecer una relación sustancial, permanente, natural, con la vida. La vida está parasitada por el aluvión de marcas, huellas, inscripciones. Si en la existencia parlante, sexuada, mortal, hubiera una relación articulable en el plano sexual, dicha relación debería enunciarse en los siguientes términos: todos los de un mismo sexo con todos los del otro sexo. Este enunciado sólo puede postularse según la fórmula semántica del Universal. Pero esta fórmula semántica del Universal remite finalmente a la relación entre sexos según el modo de lo animal. El sueño de la neurosis y de la vana literatura imagina un goce sin fallas, mítico y absoluto, una cópula animal no interferida por la lengua y su modo siempre fallido y parcial de gozar.

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Se llama pulsión al “resto” de vida marcado por el nudo que constituye lengua, sexo y muerte. A cada existencia contingente le atañe, a lo largo de su transcurrir, el ir y venir de la pulsión oral, anal, invocante (voz), escópica (mirada). Ir y venir que circunda el vacío topológico exterior-interior.

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La pulsión es la parte maldita, el excedente inútil que se satisface “más allá del placer” y que no establece relación alguna. Dirigiéndose a un fragmento del cuerpo del otro sin jamás capturarlo del todo, retorna a la zona erógena, revelando siempre su carácter parcial, incompleto. Estos fragmentos del cuerpo, intentando colonizar el vacío de la existencia, se transfiguran en objetos fetiches, escenas fantasmáticas, recuerdos indelebles y encubridores, piezas sagradas, reliquias absurdas, automatismos de pensamiento, consignas teológico-políticas. Pero ningún “objeto” borra el vacío de la diferencia.

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¿Por qué no se puede escribir lógicamente la relación entre el hombre y la mujer? ¿No se dispone acaso de los términos hombre y mujer, presentes en todas las lenguas? ¿Por qué no asignarle a la mujer la letra x y al hombre la letra y, tal cual se hace en genética según el tipo cromosómico? La pulsión goza de tal modo que no establece una relación-proporción con el goce del otro. Cada satisfacción en la existencia de cada uno, tarde otemprano, de un momento a otro, se vuelve inconmensurable con el goce del otro. La pulsión no escribe “x R y”. A que sea “necesario” que haya biológicamente dos sexos en el reino animal, le corresponde que sea “imposible” escribir la relación sexual entre un goce y Otro. ¿Qué tipo de acontecimiento puede “contingentemente” interrumpir la perennidad de lo necesario y lo imposible? ¿Una invención amorosa que se dirija a lo real del goce pulsional; una escritura no literaria, sin sentido, que pueda presentar la letra en la pureza de su goce ilegible; un evento político que establezca un antes y un después; un corte en el continuo del mercado capitalista? Se denomina Acontecimiento a lo que suspende transitoriamente lo necesario y lo imposible.

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Por tanto, la pulsión en el acto sexual, al no escribir la relación sexual, está abocada a la repetición.

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Esta repetición conmemora el resto de goce, que no se complementa con nadie y que llama a distintos suplementos.

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La identidad es el suplemento frágil e inestable, que se construye en relación a y como respuesta al carácter impersonal de la pulsión.

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El amor, los vínculos sociales, las estructuras elementales del parentesco, las identificaciones, los dispositivos jurídicodisciplinarios, constituyen diversas modalidades históricas de suplementos que se hacen cargo del “vacío irreductible” entre un goce pulsional y otro.

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No hay que curarse de ningún estilo de práctica sexual, pero sí del carácter mortificante con el que la repetición se apropia del recorrido de la pulsión. El “cuidado de sí” debe saber que tras la promesa del Ideal se encubre una orden insensata que asfixia con su exigencia el deber del deseo. Se llama deseo al modo en que en cada existencia se resguarda el vacío. Hay deseo en la medida en que los “objetos” de la pulsión no colonicen definitivamente el hueco, el vacío exterior-interior. Las distintas figuras que intentan apropiarse del lugar vacío deben a su vez ser “expropiadas” por el movimiento del deseo.
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La heterosexualidad, como género o práctica dominante, se ha constituido en la norma histórica desde la que se pretende explicar las otras prácticas sexuales; el núcleo fuerte de sentido desde el cual se quiere conjurar la ausencia de proporción-relación sexual.

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Homosexualidad, heterosexualidad, lesbianismo, etcétera, son identidades; respuestas a la imposibilidad de la relación-proporción sexual. Constituyen la respuesta “sintomática” de la existencia al Deber de su deseo. Cualquier intento de estratificar, jerarquizar, darle prioridad o fundamento a una práctica sobre las otras es siempre un intento de dar consistencia ontológica a una identidad.

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No hay forma de gozar armónica, estable, natural. El goce se escribe con el estilo del síntoma, pero lo sintomático no remite en este caso a un patrón de normalidad. Se llama síntoma al modo en que la existenciaparlante, sexual y mortal construye su “identidad” marcada por el exilio, la marca que desde siempre acompaña el ritmo del encuentro discordante entre los goces.




* Miembro de la Escuela de la Orientación Lacaniana y del Consejo Académico del Centro Descartes. El texto publicado forma parte de Notas antifilosóficas (Grama Ediciones), de reciente aparición.