jueves, 4 de agosto de 2022

 


Entre presidente y presidente
César Aira
No se puede vivir de noticias. Es cierto, hasta un punto, que las necesitamos, no sólo por una nostalgia de la Historia que parece estar en los genes, sino porque ahora más que nunca las noticias nos afectan en la vida cotidiana; el famoso aleteo de la mariposa en las antípodas produce infaliblemente un huracán en el hogar, porque las computadoras funcionan a fuerza de aleteos de mariposa. Pero tampoco podemos vivir de noticias, y en eso falla la metáfora de la alimentación con que se las justifica. La metáfora como omelette surprise que se saborea, se evalúa,, se digiere, y deja satisfecho o ligeramente asqueado, se ha vuelto anacrónica. El tiempo real es adverso al trabajo de sentido de la metáfora.
La noticia se termina demasiado pronto. Lo notamos con la Gran Noticia del 11 de septiembre pasado. Media hora después se había terminado, y a continuación se desencadenó una redundancia abrumadora que duró semanas, y de hecho dura hasta ahora. La imagen extraordinaria de los aviones estrellándose contra las torres fue demasiado noticia como para permitir un desarrollo narrativo. Sólo quedaba la repetición, acompañada de una cháchara tan vacía que algunos canales de televisión optaron, reveladoramente, por reemplazarla por música de funeral.
Es cierto que una noticia así sucede una vez cada veinte años, o cien. Pero la lógica que la hace noticia exige que suceda todo el tiempo. Si adherimos a esta lógica, y parece no difícil no adherir, terminamos en un estado de impaciencia difícil de controlar. Y como las noticias, por su naturaleza misma, son malas noticias, nos volvemos pesimistas, o peor aún, pesimistas frustrados.
El reciente festival de presidentes que tuvimos los argentinos fue una aleccionadora inversión de las premisas. Primero tuvimos la redundancia, la música fúnebre, durante los cuatro interminables años que duró "la crisis", y después vino la noticia, bajo la forma de la renuncia presidencial y el reemplazo. El carácter inerte de la cháchara explicativa quedó demostrado por el hecho de que aún puesta antes no sólo no sirvió para explicar nada sino que ni siquiera aminoró la sorpresa de la noticia. Y una vez que esta sucedió, el anticlímax fue doble, porque todo lo que debía haberla seguido ya había pasado. Fue como el naufragio del Titanic vivido de atrás para adelante: primero la filmación de la película, la construcción de la leyenda, los relatos de los sobrevivientes, su rescate, el hundimiento de los pasajeros uno a uno, la inundación de las cubiertas... y al final, cuando ya estaban todos aburridos de la vieja historia, el choque con el iceberg.
Pero el choque, al silenciar los discursos, despertó a la Historia: se cerraron los bancos, las muchedumbres salieron a apedrear a la policía, empezamos a vivir precariamente. Los que hablaban del fin de la Historia, ¿no estarían pensando en realidad en los inconvenientes de la Historia? Siempre que se anuncia el fin de algo, se lo hace para anunciar el comienzo de otra cosa que viene a reemplazar a lo anterior. Estos profetas debían de estar postulando una nueva Historia, cómoda y apacible, sin accidentes. En ese caso, los ciudadanos que salen a la calle con palos y piedras manifiestan su indignación porque se los obligue a vivir horas históricas. Y el rugido de furia produce Historia. El punto de inflexión de este círculo es la noticia.
Las noticias suelen sucederles a quienes están dispuestos a sacrificar algo, o mucho, para protagonizarlas y que se hable de ellos. En este sentido el campeón mundial es Cuba, nación que lo ha dado todo, literalmente, a cambio de salir en los diarios y ser tema de discusión durante cuarenta años. Después, a buena distancia, venimos los argentinos, que tenemos tanto en común con los cubanos. (El vínculo se materializó en {Diego Armando} Maradona, que no retrocedió ante la inmolación de su salud con tal de seguir en las primeras planas, y terminó yéndose a vivir a Cuba, supuestamente a recuperar su salud.) Pueblos afectados de megalomanía, todos lo dicen y tienen motivos para decirlo. Nosotros mismos lo reconocemos. Pero en el fondo de ese reconocimiento persiste una certeza secreta: es una megalomanía razonable. La convicción de nuestra superioridad sigue intacta en el fondo, como el Primer Móvil de nuestra interpretación de las noticias.. Lo que nos queda por averiguar entonces es por qué los argentinos somos tan inteligentes, tan dotados, de qué fuente surge nuestra indiscutida ventaja relativa. Nos inclinamos, sinceramente perplejos, sobre este enigma; todas las respuestas se quedan cortas, porque es como la pregunta de la existencia de Dios: los únicos interesados en responderla son los creyentes, y ellos tienen demasiados argumentos. Una de las respuestas, la que dio hace muchos años un peronista que también era un gran escritor, sigue siendo mi favorita porque da cuenta a la vez de nuestro privilegio y de la existencia de Dios: "La Argentina tiene un gran poder de representación".
Sea cierto o no, a eso recurrimos en esta ocasión, y reconvertimos todos nuestros problemas, los grandes y los chicos, en una crisis de represntatividad. Las multitudes salieron a la calle, a ponerse frente a las cámaras de televisión, batiendo ollas, a renegar de sus representantes, de todos sin excepción. Por un momento pareció como si fuéramos hacia los viejos sueños surrrealistas de la anarquía coronada. Una dirigencia política inepta hasta el paroxismo verosimilizaba el clamor popular. No puede sorprender que haya habido cinco presidentes en diez días, más bien sorprende que no haya habido cincuenta. Pero como decía un señor de mi pueblo: para que haya anarquía en paz se necesita un gobierno fuerte. Si no, es la guerra. Y con la guerra todo había sido noticia, las veinticuatro horas del día.
Con cinco gobiernos débiles nos bastó, por el momento. La representación, al fin de cuentas, es una convención, y en el fondo da lo mismo un presidente u otro. Después del relámpago fugaz de la noticia, sólo nos quedó su repetición, cada vez más pálida. Y, como ya dije, no se puede vivir de noticias.
22 de enero de 2022
Este libro recopila artículos aparecidos en El País, de Madrid.

Segun Juan Pablo Correa, algunos llegan a un grado de abyección que los hace muy contemporáneos.

viernes, 3 de junio de 2022

 




Al turco que camina por el río

El agua le repugna, pantanosa,

Soñando con París, con ese frío,

La tarde le recuerda a una babosa.

Una duda le surge en un recodo,

¿Forzar para siempre ese destino?

¿Escapar furioso de ese lodo?

¿Sin sorpresa, negar ese camino?

¿Y qué materia hay para ofrecer?

¿Qué llevar al otro lado, qué vender?

Nada tiene, poco hizo, todo falta.

¿Es posible mercar cultura alta? 

De golpe, una idea pide pista 

“Con mi ingenio, ¡yo me hago novelista!”



martes, 31 de mayo de 2022

 



Ha escrito cien novelas y mil cuentos

Su andar por el barrio es mortecino,

con sólido talento peregrino,

Los premios se acumulan suculentos.


¿Dónde estará, en su arte, el rudimento?

¿Y cuál es clave de su pompa fina?

El escritor se para en una esquina.

Y marca con sus labios el lamento.


Ya lo hice todo, recorrí ese camino

Del esfuerzo, la gloria, el escarmiento.

¿Por qué me suena a poco, a poco y nada?


¿Será toda mi obra una pavada?

Un perro pasa al lado y no lo escucha,

Volviendo con criterio hasta su cucha.


jueves, 25 de noviembre de 2021

Vieja grilla para hacer informes de lectura circa 2005

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ASPECTOS NEGATIVOS:

PÚBLICO AL QUE VA DIRIGIDO:

PROBLEMAS PARA LA TRADUCCIÓN:

¿LO COMPRARÍA?

¿LO REGALARÍA?


VALOR LITERARIO: (de 1 a 10)

VALOR COMERCIAL: (de 1 a 10)


¿SE PUEDE ACORTAR SIN QUE PIERDA SU VALOR?


OBRAS SIMILARES EN EL MERCADO:


VALORACION/ OPINION PERSONAL:




sábado, 27 de febrero de 2021

 "The Calabrians". 1853. André-Adolphe-Eugène Disdéri. En el libro "After Daguerre: Masterworks of French Photography (1848–1900)". La oscuridad de la foto, los abrigos, las botas, eso que parece un odre o una pieza de casa, todo intimida y habla desde el corazón aventurero del siglo XIX.


miércoles, 7 de octubre de 2020

Lago de Ginebra



Allá sobre la loma está la lápida
de mi abuelo: un ciprés ha recubierto
las letras; se llamaba Rodolfo Romegialli.
Allá abajo está el lago de agua dulce
donde nadó mi abuela de muchacha,
tendida y bella como ahora su esqueleto;
se llamaba Maria Morgenegg.

Yo también, en el bosque escarpado de abetos,
a mitad de camino entre el lago y las tumbas,
soy otro, algo más joven, que de América
regresa aquí, al lugar de sus orígenes,
aún libre y sano. No es posible
que yo haya sido él, me parece imposible.

¿Cuál fue el somnífero, o la enfermedad?
Y hoy me despierto en un mundo de idiotas
que preparan absortos el torvo advenimiento
de algún Rey Sol marxista y de su Corte.
En la espera producen un bullicio que aturde.

Y yo que en ese bosque los habría barrido
lejos con una mano como hojarasca seca
si sólo los hubiera imaginado,
me encuentro ahora en esta tierra yerma
rodeado de una piara de marranos
malignos, repugnantes, fantasmales.

¿He hecho mal, abuelos, en regresar a Europa?
Una especie de amor me atrajo aquí:
vine, bebí el amor, perdí el sentido.
Pero cuando este amor haya apurado
seré esqueleto también yo en el bosque
que separa del lago al cementerio.


Juan Rodolfo Wilcock

[Versión de Pablo Anadón,
Río Cuarto, 24-IX-12]


*


Lago di Ginevra



Là sul colle è la lapide di mio nonno,
un cipresso ha coperto la scritta;
si chiamava Rodolfo Romegialli,
e quel cipresso ha la mia età.
Giù invece è il lago d’acqua senza sale
dove mia nonna nuotava da ragazza
distesa e bella come adesso il suo scheletro;
si chiamava Maria Morgenegg.

Anch’io nel bosco ripido di abeti
a metà strada tra il lago e il cimitero,
sono un altro, più giovane, americano
tornato al lugo delle origini,
libero ancora e sano. Non è possibile
ch’io sia stato lui, sembra impossibile.

Che sonnifero ho preso, che malattia?
E ora mi sveglio in un mondo di idioti
intenti a preparare il losco avvento
di un Re Sole marxista e la sua Corte.
Nell’attesa fanno un chiasso che assorda.

E io che in quel bosco li avrei spazzati
via con una mano come foglie secche
se soltanto li avessi immaginati,
mi trovo adesso in questa terra brulla
con tutt’intorno un branco di maiali
maligni, rivoltanti, fantasmali.

Ho fatto male, nonni, a tornare in Europa?
Una specie di amore mi attirava:
venni, bevvi l’amore e persi i sensi.
Ma quando questo amore sarà speso
potrò essere anch’io scheletro nel bosco
che separa il cimitero dal lago.


Juan Rodolfo Wilcock

[De: J. Rodolfo Wilcock, Poesie,
Adelphi, Milano, 1980, pp. 150-151]

lunes, 11 de mayo de 2020

No me acuerdo si soñé
O si fue cosa diurna
Pero ahora en la urna
Es ahí donde hago pie.

Lugar serio que ameniza
Las más vastas experiencias
La vanidad de las ciencias 
Las risas y la ceniza.

La lata, el frasco, la caja
Receptáculo inexperto
Quieto, cerrado o abierto.

No está mal después de todo
Que termine el beodo
Pasando muda mortaja.

sábado, 9 de mayo de 2020

Los que rezan y los que se rien de los que rezan comparten el mismo lugar. Las respuestas son diferentes, pero los miedos son los mismos. Rezar y reír.

viernes, 8 de mayo de 2020


No sos nadie.
No sos nada.
No le importás a nadie.
No importás nada.
Lo que decís es irrelevante.
Sos un número.
Sos una estadística.
Sos un dígito
pasando información
a otro dígito.
Sos un consumo.
Sos un pequeño engranaje
del capitalismo digital
del siglo XXI.
Tus palabras son monedas
que no ves y que caen
en la alcancía de otro.
Por eso tus letras también
están llenas de muerte.

jueves, 31 de octubre de 2019




Peter Handke ganó el Nobel,
y después alguien escribió,
sin dudar y con talento,
una acusación anónima,
estridente, oprobiosa,
en un cartel amarillo.
¿Cuántas madres suicidas
puede tener un escritor?
¿Cuántas tragedias yugoslavas,
cuántas guerra balcánicas,
cuánto siglo XX puede
aguantar un hombre?
De un lado el cartel,
del otro la cámara.
Peter Handke ganó el Nobel.

sábado, 17 de agosto de 2019

¿Qué quiere Macri?



Se habla mucho sin decir nada. Siempre pasa eso. Hoy más que nunca. Pero hay una pregunta que no escuché y que hoy se vuelve dramática: ¿qué quiere Macri? Descartada la dicotomía boludo-hijo de puta, comprobado que se pueden ser ambas cosas y que el despliegue iridiscente de la ideología abarca inflexiones de una y otra característica, la indiferencia hacia sus propios votantes, hacia el electorado en su totalidad, hacia los problemas cambiarios de nuestra economía, ponen a nuestro presidente en un lugar de difícil auscultamiento. ¿Qué quiere Macri?
.
Ganar las elecciones presidenciales fue en su momento un objetivo claro. Costó pero lo logró. Ahora bien, tautológicamente, el destino señala que perder es más complejo que ganar. Y mucho, mucho más, si se pierde siendo gobierno. Dicho esto, intuyo en Cambiemos una división. Alguna vez esa división fue entre halcones y palomas, entre saqueadores y esperanzados reformistas. Hoy esa misma separación tiene una continuidad entre los políticos, esos que se ven a sí mismos como oposición una vez que hayan pasado las elecciones, y los ventajistas, sujetos históricos para los cuales la praxis política fue una aventura financiera o vital, una serie de reuniones entre conocidos, donde el interés propio, que podía ser capitalista o edípico, primaba sobre cualquier otro interés.

Reasignando roles, esta separación, en su forma paradigmática, nos deja un Horacio Rodríguez Larreta al borde de sus posibilidades, visiblemente turbado por la performance de sus compañeros de fórmula, y del otro lado, una runfla de empresarios y cuentapropistas, que una vez terminada la comilona del poder, volverán sin culpas a sus quehaceres del sector privado. Frente a este escenario, ¿qué quiere Macri?

Vamos, por un momento, a otra pregunta: ¿es posible pensar a Cambiemos en la oposición? Desde ya. Varios de sus cuadros más antiguos vivieron del cirujeo partidario por mucho tiempo. Los recorridos de un Lombardi o de un Pinedo, o mismo de una Patricio Bullrich, nos cuentan la historia, larga y tortuosa, de aquellos que son lo que pueden ser en la medida de que la coyuntura se los permite. De ese lado, lo que se espera es que la transición se a los más ordenada posible, sin arrebatos lamentables, ni estados de sitio, ni muertos, ni hiperinflación, ni ninguna de esas cosas feas a la cual los malos gobiernos nos tienen acostumbrados en la Argentina. Para ellos existe la posibilidad de seguir pedaleando, en el gobierno de CABA, o donde el diablo los mande. Más difícil es pensar por fuera de la caja nacional a gente como Quintana o Caputo, empresarios acomodados que bajaron o subieron al poder, la metáfora seguro es vertical, y ahora volverán a ocuparse de sus propias finanzas porque discutir en asambleas, crear consensos, trajinar los espacios de la oposición, no es lo suyo.

Frente a esta disyuntiva, ¿qué quiere Macri? ¿Qué va a elegir? ¿Con qué paisaje mental construye su futuro? Su personalismo es evidente. Nadie lo imagina de diputado, salvado la ropa de una fantasmal minoría, o como senador vitalicio, al estilo del transgredido Carlos Menem. ¿Y entonces?

Patricio Erb me lo dijo hace poco: Macri tiene que hablar grabado; si no va grabado, si sale en vivo, Macri dice lo que piensa. Y lo que piensa es muy poco político. Máquina generadora de memes y chistes, el presidente se sigue manejando antes como oposición proselitista que como gobierno, y antes como el hijo del dueño de la empresa que como cualquier otra cosa. A la pregunta “¿qué quiere Macri?” hay que responderle con la política interna de su coalición. Dos meses y medio puede ser mucho tiempo, para bien o para mal. Si Macri elige el camino del abandono, de la plancha, de la irresponsabilidad, estará optando por dejar la política, una actividad en la que entró de grande, y en la que no se ve de viejo. Muchos de sus hombres de confianza intentarán seguir trapicheando con mayor o menor éxito, y se harán grandes en la adversidad, como el solitario Mago Sin Dientes, único macrista digno que bancó los trapos hasta el final, cuando ya la categórica derrota se había consumado. Mientras tanto los argentinos ya debemos lidiar con las restos de un fracaso económico inocultable. Por desgracia y ventura, no es la primera vez que nos pasa.



lunes, 5 de agosto de 2019

El sujeto político contemporáneo y su narcisismo




“¿A dónde vas y de dónde venís?” le pregunta Sócrates a Fedro en las primeras líneas del diálogo que lleva ese nombre por título. No son preguntas ingenuas y se las podrían replicar y parafrasear muchas veces. ¿A dónde vamos? ¿De dónde venimos? La relación entre el sujeto y la técnica fue muy estudiada por la filosofía. Desde el mito de Prometeo en adelante hay marcas más o menos profundas según las épocas. Muchas veces es la relación de los filósofos con ese tema lo que les concede vigencia o los lleva al olvido. Como tema, la tecnología, no obstante, resulta inamovible. Las religiones también la miraron y miran, pero lo hacen con otros ojos. Casi se podría decir que la espían. La política, como disciplina o praxis, copia esta supuesta falta de interés. “Lo que importa está en otro lado” dicen los políticos en campaña. Sin embargo, hace unos años, ya décadas, diferentes formas de la técnica minan y transforman la política a un nivel nuclear. 

Como bien señaló en varias ocasiones Nicolás Mavrakis, cualquier especulación en torno a la técnica hoy nace obsoleta, o al menos debe ser consciente de que será superada por el vértigo contemporáneo. Y quizás sea este uno de los motivos por los cuales la política parece más afectada. Pero antes vale preguntarse: ¿dónde y cómo impacta la tecnología en nuestro presente comunitario? La respuesta parece simple pero sus ramificaciones nos superan. Los aparatos domésticos que, en nuestros días, combinan pantallas, conexión y transferencia de datos a altas velocidades, muchas veces resumidos en un teléfono con wi fi pero para nada limitados solo a esa máquina, nos transformaron justo con el cambio de siglo en terminales nerviosas que, de manera simultánea, cultivan y cuestionan nuestra percepción identitaria. Y, una vez vulnerada nuestra idea de sujeto, la vida en comunidad debe ser repensada. El precio por no hacerlo es la incomprensión, que puede llevar a la inmovilidad. 

El sujeto político histórico del peronismo es el trabajador, “para el peronismo existe una sola clase de hombres: los que trabajan…”, parte indivisible a su vez de otra capa social menos afirmativa, o por lo pronto más ambigua, la masa. “El pueblo” tienen resonancias épicas, positivas. La masa, lo sabemos, puede no ser necesariamente inteligente y su movimiento va de la razón democrática a la intimidación, el desborde y la justicia por mano propia.

En la década del 90, Chacho Álvarez, ya había intuido en Unidos, la revista de la renovación cafierista, procesos la “globalización.” Y fue desde ese periodismo partidario instaló el término “la gente” para referirse a sus posibles votantes. Su idea era sobrevolar a la clase media, no confrontarla. El radicalismo, en su momento, le habló al “ciudadano”, nomenclatura que marginaba de forma consciente a una parte de la sociedad. El PRO en la ciudad de Buenos Aires habla del “vecino”, entendiendo que “vecino” es ese que pagaba el ABL, y de ninguna manera el desposeído que duerme en la calle.

Hace años un párroco italiano dejó constancia de que el siglo XX llegaba a su fin cuando confirmó que hacía más política eligiendo productos en el supermercado antes que votando. En términos históricos la figura del “consumidor” es reciente, muy nueva. Desvestirla de intereses partidarios implicaría caer en un error irremontable. 

Hoy todo el tiempo consumimos energía y, como dice Thomás Riffe, pagamos con datos. Somos terminales de información únicas y dialogamos con el mundo a través de nuestros dedos y nuestros ojos. No existe saber al cual no se pueda acceder en segundos. No hay momento que no se pueda capturar. No hay vida que no se proyecte en una pantalla iluminada. El anonimato parece inadmisible pero, en realidad, resulta solamente poco o nada deseable. El eros de la tecnología, la imagen y el exhibicionismo ya tiene su bibliografía, pero ¿qué pasa con la política?

Rechazamos sumergirnos en la masa, en esa fuerza, que en otros momentos de la historia generó orgullo y pertenencia al mismo tiempo que borraba nuestra singularidad. Hoy nuestro éxtasis es narcisista y privado. El tabú de la pobreza, el “no quiero ser percibido como pobre”, y el tabú de la vejez, “no quiero ser percibido como viejo”, que rigieron el comportamiento de nuestras sociedades durante siglos, parece ser reemplazado por otro tabú: el de la pérdida de identidad. Se trata de un reclamo histérico y hasta cierto punto idiota, pero también genuino: “quiero ser yo.” 

En la Argentina, existe un sector de la población muy sensible a cualquier tipo de variación o relativización sobre esa afirmación. Curiosamente o no tanto, el uso de la tecnología es lo que, retroalimentando el deseo, mina o, al menos, atenta contra nuestra individualidad. Citando a Patricio Erb, muchas veces queremos escapar del pozo de las redes sociales haciendo un agujero más profundo.

¿Cómo debe pararse el peronismo, siempre nostálgico, reacio a la actualización doctrinaria, que entiende su fuerza como telúrica, cifrada en el pasado, en la tradición, y sí, en última instancia en la masa y en el trabajador, cómo debe pararse, pregunto, frente a estos sujetos cuyo individualismo extremo a veces los potencia y otras los paraliza? Por lo pronto, es fácil verificar que el odio antiperonista tiene una cuota importante de individualismo. Menos sabido, o atendido, es que el odio trabaja en relación al narcisismo. Odiar es un excitante natural. Si a eso le agregamos el vértigo de las redes sociales, ¿cómo proponer experiencias de acuerdos colectivos sobre esa mixtura de inmediatez, frivolidad y aburrimiento? O para decirlo de forma más directa: ¿Cómo se va a integrar el teléfono celular, esa prótesis inevitable, esa pieza de ligero masoquismo, a la democracia? En la respuesta que le demos a estas preguntas se juega nuestra supervivencia como sociedad. Exagero un poco. Pero sí creo que el futuro inmediato depende de nuestra capacidad para fijar una idea política en este sujeto nuevo que parece tan volátil como el wifi de cortesía que ofrece el subte porteño.///

martes, 9 de abril de 2019

A los noventa años, 
mi abuela nos insulta. 
Se cae de la cama 
y nos insulta.
No responde el teléfono.
No responde a la puerta.
Llegamos para socorrerla
y nos insulta desde el piso.
No está lúcida, está ida,
y nos insulta. 
Se ríe, también.
Una risa amarga. 
Y nos insulta, desde le piso.
La subimos a la cama.
Y nos insulta. 
La llevamos al hospital,
la curan, la analizan,
le dan el alta,
y nos insulta.
Es hija de salernitanos.
Es salernitana ella misma.
Y nos insulta como insultan
los hombres y las mujeres 
del sur de Italia,
de la costa del sur de Italia.
¿La muerte? Por favor.
Mi abuela insulta a sus hijos,
y a sus nietos, 
insulta a sus bisnietos,
insulta a sus parientes políticos,
los conoce a todos, los recuerda a todos,
después, insulta al presidente.
Me confiesa, entre insultos,
que va a vivir hasta octubre, 
para votar en contra del gobierno.
Después, nos vuelve a insultar.
Va a vivir, nos dice, hasta que ella
decida lo contrario.
Los salernitanos son así. 
Hablan con la muerte
desde hace miles de años, 
y no respetan a nada ni a nadie.
A la muerte le hablan del mar, 
de las montañas, del tiempo,
de las ciudades, de los caminos,
y de la muerte.
Mi abuela le habla de la muerte
a la muerte.
Y cuando termina, la insulta.

miércoles, 19 de diciembre de 2018

Estaba en un McDonalds de Brasil



Estaba en un McDonalds de Brasil,
y me enteré de la muerte de Fogwill.
Eran las siete y media de la mañana.
Recuerdo el aire acondicionado.
Yo estaba en ojotas. Me miré los pies.
Estaba relajado, de vacaciones.
Había trabajado todo el año.
Tanto estudio, tanto trabajo,
siempre trabajando.
Escribiendo y leyendo,
asumiendo responsabilidades,
viendo que otros hicieran
lo que tenían que hacer,
atendiendo a mi familia,
soportando, comprando,
vendiendo, haciendo dinero.
Pero Fogwill se había muerto
en un hospital de Buenos Aires,
acompañado o solo, no importaba.
Y yo estaba en ese McDonalds
de la costa de Brasil y me enteré.
A la vuelta, pensé, iba a vender mi auto
y comprar uno mejor.
Y en el free shop tenía que conseguir
un whisky, Bourbon,
que es lo que tomaba Faulkner.
No había que sacar créditos.
Ese año no. Había que esperar.
Las inversiones eran lentas.
Me hubiera gustado estudiar
una carrera con matricula, pensé.
Fogwill se había muerto,
después de escribir novelas,
de pensar, de intervenir con artículos,
pelearse, agredir a otros, leer.
Era buen lector, pensé. Me gustaba.
No perdía el tiempo.
Era un lector concentrado.
No se distraía. Aunque la pose, claro.
Polémica y pose.
Pero eso era lo de menos,
esa agresividad. Había que ir
por arriba de eso. Entenderlo.
A las siete y media de la mañana
el McDonalds estaba vacío.
Había un empleado limpiando el suelo.
Las luces eran reales.
En unas horas Brasil
se iba a despertar con
toda la mugre de Brasil,
con ese asfalto bajo el sol.
Yo me iba a ir a la playa,
al mar, a nadar.
Iba a evitar al menos un poco
de tráfico brasileño
de las ciudades balnearias.
Y ese portugés pastoso
que da asco y curiosidad.
Pensé que era una buena idea
comprar un masaje. Buscar ese placer,
ese alivio. Un mensaje en la espalda.
Que me aflojara, que aliviara mi tensión.
Quería invertir en eso.
Después podría volver a Buenos Aires,
a seguir acumulando, a seguir intentando,
ganando, perdiendo.
Fogwill se había muerto
y yo estaba en un McDonalds de Brasil.
Eran las siete y media de la mañana.

Estas cosas pasaron ese día.